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TIEMPO DE CEREZAS



TIEMPO DE CEREZAS

La protagonista era una niña menuda e inocente que adoraba la compañía de su hermano del que la distanciaban cinco años de edad.
Emilio, el hermano, tenía un sentido del humor muy particular, algo que ocasionaba pequeñas discrepancias  y problemas entre ellos, a pesar de todo, ella era su sombra y compañera.
No podía nunca prescindir de su presencia, él  lo sabía y aprovechaba cualquier situación para hacerla enfadar con sus acostumbradas bromitas que lógicamente terminaban en llanto.
Vivían en una casa en pleno centro de la ciudad, una fachada normal con tres balcones centrales que hermanaban con las banderas del Ayuntamiento, nadie, exceptuado los habitantes, sabían que en la parte trasera había un inmenso patio con grandes macetas y un gran parral que cubría parte de la puerta que abría sus hojas a un jardín-huerto con gran cantidad de árboles frutales…. Naranjos, mandarineros, perales, nísperos…y los ¡tan ansiados cerezos!, los de mayor altura, imposible objetivo para una niña diminuta, con faldilla de menos de medio metro.
-¿Ya lo habéis imaginado?- ¡la niña era yo!
Día tras día durante todo el tiempo que duraba la fruta en los árboles se repetía la misma historia.
Pasadas las horas del medio día, disparaba la pregunta
-          Carmen, ¿bajamos a comer cerezas?...la boca se me hacía agua y con toda la ilusión iniciábamos la carrera por las escaleras hasta llegar al patio, cruzarlo y entrar en el huerto. Los cerezos coronaban el paisaje, mi hermano me ubicaba debajo de las ramas, me hacía coger la faldilla con las dos manos, a modo de cestillo, para recibir la fruta que él prometía lanzar desde arriba.
-          ¡Yo preparada!, él subiendo a través del tronco hasta situarse más o menos encima de mi cabeza.
-          Ya van- decía- yo cabeza arriba viendo como las arrebataba a las ramas, cabeza abajo al sentir el golpe que me llegaba.
-          ¿Emilio? ,¡ son huesos!
-          No te preocupes, esa es… que la he probado y no estaba madura…espera a la siguiente.
-          ¡Emilio, que es un hueso!
-          ¡Carmen! tienes que ser paciente, no todas son buenas
-          Muévete hacia la derecha, que me desplazo… ¡ahora!
-          Huesos, huesos, huesos y lágrimas..

Así uno tras otro se iba llenando mi improvisado cestillo de lo que él lanzaba  y yo pacientemente esperaba la llegada de la dichosa cereza madura.

¡Todos los días!, ¡todos los días! se repetía la misma historia. Él arriba, yo debajo y …cuando se sentía más que satisfecho, estómago lleno, bajaba, me cogía de la mano y me decía
-¡no te preocupes!, mañana es probable que tengamos más suerte

 Ansiaba la llegada de mis padres para explicarles lo sucedido. Mi madre intentaba razonarme que no le hiciera caso al día siguiente, que me decía mentiras Mi padre reía y automáticamente bajaba  las escaleras…al cabo de pocos minutos llegaba hasta mí con las ansiadas frutas… que ya, habían madurado.
REAL COMO LA VIDA MISMA

SENDA © 12/1/2012


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